sábado, 11 de abril de 2015

ÓPERA SIN MÚSICA


Las aventuras de Deperente XLV


La historia de aquellos tres cuerpos  sin vida ocupando espacio en un apartamento de la calle catorce, le llegó a Deperente de manera indirecta. Había salido del bar de Moses dispuesto a llegar a casa andando y luchar contra el insomnio, cuando pasando por la ciento sesenta y ocho, la vio llena de luces. Parecía Navidad, pero aún era verano de sudor y balcones abiertos a media tarde. Eran ambulancias y coches de policía. Se acercó al lugar, más que por un deber ético, él sabía que compañeros suyos desconocidos ya estarían trabajando en lo que fuera y que estaban mejor preparados que él, lo hacía por un no querer enfrentarse una noche más a sus soledades nocturnas de paredes desconchadas y memoria de abismo.

Agnes vivía sin saberlo. Pasaba los días sin vivirlos. Y su vida transcurría atada a una silla de ruedas. El accidente ocurrió dos años atrás en el cruce de una carretera de lluvia. Los frenos le fallaron, y el vehículo trazó círculos y círculos hasta volcar ciento ochenta grados su cuerpo de chapa. Desde ese momento, Paul Addlen tuvo que acoplarse a una nueva situación de incertidumbre. Contrató a Aamaal, una Armenia sin patria, de indefinida edad, que se entregó en cuerpo y alma a la mujer inexpresiva que la miraba con sus ojos de siempre.

Los encuentros, primero fueron fortuitos; después, calculados; y siempre arropados por el deseo. Paul dejaba las herramientas en la cocina, y allí, Aamaal le tendía su mano. Después charlaban tranquilamente sobre cómo les había ido la jornada, hasta que ella, invariablemente, a las siete PM, miraba el reloj, suspiraba y se marchaba a su casa.

Hubo finalmente una tarde definitiva, una tarde de rosas y de sangre. Tras el suspiro de las siete AM, Aamaal intentó irse pero no lo consiguió, se quedaron pegados sus labios a los de él. Y las cuatro manos fueron desenfrenadamente a investigar la piel del otro. Jadearon, sudaron y se acoplaron durante unos minutos de no ser de esta vida gris, sino de otra vida de palomas en vuelo.

El rostro gélido de Agnes permaneció en su laberinto inerte. Paul la miraba a la manera de los que se sienten culpables. Y en el rostro de esa mujer ingrávida se perfiló una lágrima, el único sentimiento palpable desde sus vueltas y revueltas en el coche. Y Paul se zambulló en su marasmo de angustia que lo empujó hacia la pistola que tenía escondida en su mesita de noche, y a la que jamás había hecho vivir. Disparó  primero sobre el cuerpo adormilado de Aamaal, que lo miró un segundo desde sus profundos ojos negros; y después, sobre Agnes, donde exactamente el disparó impactó contra su gota resbaladiza y salada; por último, y era lo más último, Paul acercó la pistola a su sien; y la noche de Nueva York se cerró con esos tres destellos.

Deperente ya sabía que en aquella noche no tendría que luchar contra su insomnio porque la noche iba a ser muy larga.




(Modisto)

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